lunes, 28 de septiembre de 2009

LA IMAGEN RECURRENTE DE SIXTO


Sixto y Carmelita con mis hijos mayores: Ariel, Manuel y Raquel.
Cómo sería mi padre en sus primeros años de oficial; seguramente muy distinto al Sixto de la posguerra. Cuando se encontró con mi tío Germán diputado, iniciaría una vida a contraflecha con los Monroy. Mientras éstos eran cada vez más prestigiosos, nunca adinerados pero famosos porque pertenecían al grupo fundador del MNR, mi padre se venía a menos irremisiblemente.
No sé en qué momento se inscribió en un curso de Bacteriología y sacó un título de Experto. De ese modo volvió al ejército pero ya no en el arma de Infantería, sino en el de Sanidad, con vivo azul, y trabajó en laboratorio, detectando microorganismos.
El viejo sentía la ciencia con una emoción que le hacía desbordar lágrimas. Era un auténtico positivista del siglo XIX. Ya viejo, se emocionaba leyendo libros de Electrónica y me explicaba qué eran los transistores como la última palabra de la ciencia. Que lagrimeaba de emoción no es mentira ni exagero al decirlo. En esta época del Internet y el ciberespacio, hubiera tocado la gloria con los dedos.

MI FAMILIA Y GUALBERTO VILLARROEL





Templo de Viacha. A la derecha, el tío Damián Suárez, a quien mi abuela Concha trataba como a un hermano, abuelo del músico Nicolás Suárez. Junto a él el tío Germán, flamante diputado por la provincia Ingavi. Es una foto histórica del centenario de la batalla de Ingavi, que se celebró el 18 de noviembre de 1941.

Carmelita, en primer plano, era una mujer decidida y valiente, fundadora del MNR aunque no figura porque las mujeres no eran ciudadanas. La llegada de don Víctor a Cochabamba era un acontecimiento, y mi madre corría a saludarlo, como en la foto.
Tengo por ahí el certificado de matrimonio de mi padre. Creo que se casó a mediados de los 40, cuando era Presidente Gualberto Villarroel. Probablemente con esa influencia pudo volver al ejército. El día en que colgaron a Villarroel, una turba asaltó la casa donde vivía toda la familia, presidida por el tío Germán, que había sido ministro del Trabajo de ese régimen y había contribuido a desarrollar la vivienda social. Unas casas de barrio obrero construidas en Laikakota fueron construidas en su gestión, y los trabajadores quisieron que él se adjudicara una. Era su primera casa propia y la única que tuvo en su vida. Mi madre recordaba que tenía sótano con muchos juegos, incluida una mesa de billar. El día del colgamiento, alguien fue con la noticia de que al tío Germán también lo habían colgado junto a Villarroel. Mi hermano Enrique cuenta que oyó el rumor y corrió a la Plaza Murillo. Allí comprobó que en realidad era el secretario privado Luis Uría de la Oliva, que tendría la misma contextura y vestía igual que el tío. Retornó a la casa y en ese momento una una turba la invadió, acorralaron a mi hermano, que tenía sólo 14 años, y destruyeron lo que no pudieron llevarse.
La abuela Concha, mi madre y mi padre se refugiaron en una casa de la avenida Saavedra, que era de un pariente de apellido Montero. Al anochecer, mis padres volvieron sigilosamente a la casa, para ver si se podía rescatar algo, y encontraron la máquina Singer de la abuela, que tal vez por su peso los asaltantes no se la llevaron. Mi padre se la cargó a la espalda y así la salvaron. ¿Te dije, Juan, que la conservo? Cuando murió mi hermano decidimos repartirnos la herencia, que consistía en la bendita máquina y en un batán que tenía más de cien años. A mí me correspondió el batán y a él la máquina, pero todavía no se la lleva a La Paz porque es muy pesada. El batán es como la piedra fundamental de mi familia materna.
El tío Germán se asiló en la embajada del Paraguay junto a Víctor Paz Estenssoro y otros integrantes del régimen depuesto. Cuentan que el embajador tuvo que extender la bandera de su país en el piso del jardín y montar guardia con unos cadetes que llegaron para el aniversario de La Paz. De ese modo evitó que la turba entrara a colgar a los asilados.
Desde entonces, para mi tío Germán la gente se dividía en tres grupos: los compañeros, los rosqueros y los colgadores. Los primeros, eran militantes del MNR; los segundos, militantes de los partidos de la derecha oligárquica; y los terceros, los militantes estalinistas del PIR, que fueron, según dicen, los colgadores materiales de Villarroel.
La imagen de Villarroel estaba tan presente en la familia que mi madre me enseñó a rezar antes de acostarme por la memoria de Busch y Villarroel, almas mártires, como le gustaba decir; y el 21 de julio, aniversario del colgamiento, era un día de luto en la familia que coincidía con el cumpleaños de la pobre tía Maruja, pobre porque siempre cocinaba un picante pero la celebración transcurría en silencio, sin música ni menos baile por respeto al alma mártir.
El tío se fue a Buenos Aires, al exilio, y un tiempo después la abuela se estableció en Cochabamba, siempre acompañada por mi madre y por mi padre, a quien lo destinaron a la Región Militar, hoy Séptima División. Llegaron a la casa de doña María Iriarte. Contaba mi padre que había en la Esteban Arze una casa de la familia Darras que costaba como cien mil pesos, y que la abuela tenía más de esa cifra, que eran los ahorros del tío, pero jamás quiso comprar la casa, que era de tres patios, y más bien le llevó ese dinero al exilio.
El tío vivía en una pensión, algo muy típico de Buenos Aires, y en otra de las piezas vivía una muchacha modosita y discreta que salía con su guitarra a tomar lecciones nada menos que con Andrés Segovia. Era de Santiago del Estero y dicen que su novio era Mariano Mores, el compositor del tango Gricel, entre otros, también santiagueño. El tío le entró de frente, la enamoró y se casó con ella. Era la hija de Andrés Chazarreta, declarado Patriarca del Folklore Argentino, cuya casa ubicada en la calle Mitre al 127, de Santiago del Estero, es hoy un museo costumbrista. Chazarreta compuso la Zamba de Vargas, La Telesita, la López Pereira (cuya paternidad se disputan los tucumanos) y Criollita Santiagueña, que don Andrés le habría dedicado a su hija Anita. De ese matrimonio vienen el Chaza, que fue alcalde de La Paz, Cristina, la mayor, y Manuel Monroy Chazarreta, el Papirri, digno heredero del talento musical del abuelo.

RECUERDOS DEL TÍO QAQA

Ya en Cochabamba, mi padre recibía la visita de su hermano menor, Luis, a quien le decía Qaqa, que en aymara quiere decir jovero, rubio, si estoy bien informado. Mi madre recordaba con simpatía al tío Lucho, que era del arma de Artillería, también militar, cuando iba a la casa de doña María Iriarte y preguntaba: ¿Está el Científico?, refiriéndose a mi padre. Ambos eran unos campeones de la buena vida y se tenían un cariño muy especial. Eran mucho más unidos entre ellos que con Jorge, el hermano que seguía a mi padre, que era el mayor.
Lucho tuvo una vida trágica: se suicidó. Contaba mi padre que lo destinaron a Oruro y estaba casado con una señora peruana muy guapa, de apellido Derteano. Un día de ésos, el tío Lucho recibió un chisme que acabó con su vida: una enfermera del hospital militar le dijo al pasar, quizá con toda su malicia: Qué pena, mi capitán, que su esposa haya perdido al bebé. El tío había estado ausente y la señora al parecer mantenía un romance con un oficial de apellido Seleme, tal vez el mismo que tuvo papel descollante en la revolución del 52. Tal fue el impacto emocional que se dirigió a su casa y se pegó un tiro. Mi padre dudaba de que se hubiera suicidado y creía que alguien le había disparado el balazo en la frente, pero todo quedó en el misterio para siempre. Fue una pérdida muy dolorosa para mi padre, que se sumaba a la enorme cantidad de muerte que lo rodeaba por todos lados.
El viejo se venía a menos porque, entre otras cosas, pertenecía al ejército, que era sometido a régimen de hambre después de haber sido destruido tras la revolución del 52. Un espectáculo triste y temprano en la casa eran los líos que le hacía mi madre cuando aparecía con su sobre del exiguo sueldo desprovisto de billetes y lleno de vales del Círculo Militar. Eran unos líos temibles que mi madre podía ahorrarse, porque vivía a cubierto de todo: mi tío al parecer enviaba dinero para su madre, la abuela Concha, y mi hermano, tras la revolución, ya era secretario privado del Presidente Paz Estenssoro y luego director del diario El Pueblo, en Cochabamba.

MI HERMANO ENRIQUE

Mi hermano fue el primero en trasladarse a Cochabamba, donde salió bachiller en el colegio La Salle. Había empezado sus estudios en La Paz, pero en 1947, tras viajar a Buenos Aires con mi abuela, a ver al tío Germán y al tío Eduardo, a quien le decían Lalo, se vino a Cochabamba. Estudiaba en La Salle y estaba pensionado a cuadra y media, frente a la Sinagoga, en una chichería de la comadre Emilia Camacho de Gómez, hermana de Serafina Camacho, la dueña original de la chichería Las Penas. Eran gente muy cariñosa que mi madre frecuentó hasta la muerte de la comadre. El primer día, después de almorzar, quiso levantarse y no pudo con sus piernas, porque tenía una hinchazón terrible. Vio debajo de la silla y había un millar de chinches que literalmente se lo comieron. Así era Cochabamba, infectada de bichos en ese tiempo, peor aun en la calle del colegio La Salle, que estaba en los extramuros, donde comenzaba la Cochabamba rural, llena de sembradíos.

EL TÍO LALO

El tío Lalo había sido Tesorero General de la Nación en el régimen de Villarroel y tuvo que asilarse por su apellido Monroy Block. Monroy Block entonces era como una sigla. Al tío no le decían por su nombre, sino por sus dos apellidos. Muchos años después, me encontré con el viejo dirigente sindical Juan Lechín Oquendo en El Prado, de La Paz, y lo acompañé en su paseo diario. Nos quejábamos de la situación de la COB y de la Federación de Mineros, dos organismos que él había dirigido desde su fundación, y entonces le dije: Es que ya no hay Lechines. Se paró en seco y me contestó: Ni Monroy Block.
El tío Lalo se casó cuando todavía estaba asilado en la embajada del Paraguay, con Lolita Mealla, la tía Lola, una de las tías más cariñosas que haya conocido, y eso que tuve suerte. Lolita era tarijeña. Durante el exilio que duró un sexenio, el tío Lalo aprendió a tocar bandoneón, y luego de la revolución del 52 retornó al país hecho un compadrito. Conservo un hermoso retrato de él, muy elegante, con el cabello lamido, el bigote recortado y una mirada profundamente oscura pero llena de sentimiento. La abuela Concha le decía Ojoroco, que era algo así como Ojosito.
Ya podemos imaginar la conmoción que causó al regresar con esa pinta y tocando el bandoneón. Cómo sería el impacto en las mujeres de ese tiempo, pues el tango era más famoso que el rock en estos días, que la tía Lola le prohibió volver a tocar el bandoneón, y ahí acabó la historia.

Ya vivíamos en la Casita


Ese flacucho es el Ojo a sus 15 años.
Ya vivíamos en la Casita, ubicada en la margen derecha del río Rocha, y recuerdo que asistí a la inauguración de la Villa Carlos Montenegro. Probablemente tenía entonces seis años, pero me acuerdo de la fundación con toda nitidez: éramos unas cuantas familias que iniciaban la depredación de esos terrenos de cultivo, la avanzada de la urbanización que había saltado a la margen derecha del río y acabaría por fragmentar los terrenos, cegar las vertientes y fuentes de agua y convertir esos extensos maizales y alfalfares en un barrio residencial. La ceremonia fue frente a la casa de don Hugo Rico, a pocos pasos de la Laguna Cuellar, frente a lo que hoy es al sede del Club Enrique Happ. El alcalde, Alfredo Galindo Quiroga, en cuyo nombre se fundó la Villa Galindo, hizo montar un letrero que el tiempo y la incuria de la gente hicieron desaparecer. Incluso recuerdo que la Plaza de las Banderas se llamaba Plaza Carlos Montenegro. No sé qué alcalde sustituyó el nombre y así dejamos de honrar a uno de los intelectuales cochabambinos más brillantes de todos los tiempos, tal vez porque fue ideólogo del MNR. Al término de la fundación, comimos unas salteñas. Éramos unas cuantas familias: mis papás, don Jorge Mercado y doña Aida Bayá, don Jorge Camacho y doña Esthercita, don René Morales y doña Elba (aunque creo que ellos se vinieron al barrio poco después); don René Gandarillas y doña Leonor; don José Andrew Medrano y doña Catita Cardoso de Andrew; don René Andrew, hermano mayor de José, y doña Elenita, hermana mayor de doña Catita Cardoso; don Ignacio Toro y doña Gumy; don Encarnación Ramírez y doña Angelita; don Tomás Ramírez y doña Toribia; doña Amalia Arzabe; don José Cox y doña Lolita Araníbar de Cox, padres de Ricardo Cox, hoy Viceministro de Turismo; don Rubén Prado y doña Hortensia Araníbar; don Flavio Seleme; la familia Siles Salas, la familia Veizaga Canelas… Con el tiempo, don Hugo Rico perdió su casa y allí se trasladó la familia Arduz Eguino. Edgar Arduz, médico, a quien le decíamos el Zambo Arduz fue mi amigo íntimo junto a Cristóbal Andrew Cadoso. Gracias al Zambo inicié mis lecturas pues tenía numerosos libros infantiles de la colección Billiken y Sopena.
Nuestra ruta habitual pasaba por el actual Pasaje Zoológico, cruzábamos el río y saltábamos un parapeto para tomar la calle Teniente Arévalo y salir al Prado. Todo lo que hoy es el Beach Volley le fue ganado al río, porque el parapeto estaba casi pegado en un callejón estrecho a la acera oeste de la avenida Costanera, frente al Beach Volley. Allí, a unos pasos de la Teniente Arévalo, en un terreno que hasta hoy está abandonado, tenía su zapatería el Chingolo, que había sido soldado de mi padre durante la guerra del Chaco. El Chingolo era hombre decidor y aficionado a la chicha. Cuando mi padre se perdía, mi madre me mandaba a buscarlo donde el Chingolo, su sitio habitual. Hoy el Chingolo es para mí un mantra, un ícono a quien invoco cuando se me traba el oficio de escribir. Es que lo recuerdo con una bota entre las piernas, que ni siquiera miraba porque estaba muy ocupado en contar anécdotas, y entonces clavaba las suelas apuntando la tachuela en el lugar debido y hundiéndola de un solo martillazo, al desgaire y sin mirar siquiera. Eso busco al escribir: hacerlo de buen humor, con la sencillez del Chingolo, y hundir cada palabra de un solo martillazo en el lugar debido.
Una prima mía, en su necedad, apuntaba a una característica de mi padre: decía que ella juzgaba a los hombres por los zapatos. Los de mi padre eran usados y tristes. El mejor zapato, que rara vez lo vi usar a no ser que fuera de segunda mano, herencia de mi tío Lalo, el mejor zapato lo convertía en un zapato triste, chaplinesco: era un caminante empedernido y a poco de usarlos los zapatos le quedaban con las puntas dobladas al cielo. Era duro y constante al caminar, un verdadero soldado de Infantería. Incluso una vez que quedó sin un riñón y por fin lo dieron de alta, se fue como cinco kilómetros a casa de un amigo que le había donado sangre, para agradecerle. Sólo le dijo: Estoy tan bien que me vine a pie. Tejía un paso bamboleante y cansino; por eso algunos camaradas le decían desde que fue joven oficial El Cachazas. Pero nunca tuvo panza ni adiposidades en el cuerpo; al contrario, hasta viejito mantuvo la estructura ósea y muscular que había cultivado siendo cadete felicitado por Hans Kundt, el general prusiano que fue comandante de nuestro ejército, que incorporó la disciplina y el uniforme alemanes en sustitución del viejo orden francés.
Con el tiempo, mi padre se vino a menos cada vez más. Arrastraba un tormento: la situación de Lenny, su hija, siempre incierta, pues o no le tocaron buenos maridos o parejas, o tenía su carácter y peleaba continuamente. El primero fue un cruceño que se llamaba Osman Vaca y vivía con él muy precariamente en una habitación del hogar de los canillitas, en la Avenida Perú, hoy Heroínas frente al actual Correo. Allí fui testigo de una escena que me marcó para siempre: mi padre me llevó para pedirle cuentas a su yerno, y éste, que era un desalmado, la emprendió a golpes y le dio uno tan certero que le hizo sangrar la nariz. Una vecina le alcanzó a mi padre un bañador con agua y se me quedó grabada su imagen lavándose la sangre de la nariz. Eso bastó para que desconfiara de la entereza de mi padre, sin considerar que había combatido durante tres años en la guerra. Se me desmoronó su imagen. Desde entonces miro con desconfianza los rostros aguileños, porque me traen el recuerdo de ese yerno impenitente que se atrevió a golpear a su suegro. No sé por qué relaciono esa escena con otra que vi probablemente a mis tres años en el Parque de los Monos, de La Paz. Por una ladera cubierta de césped rodaban dos hombres, y uno de ellos, con el rostro ensangrentado, le decía al otro: ¡Devolveme mi cara! Hasta hoy no puedo desechar esa imagen cuando remonto la avenida poco antes de Laikakota, donde ocurrió el suceso.
Otros recuerdos antiguos son los siguientes: el más lejano, importante según Freud, data de noviembre de 1952, cuando yo tenía dos años, casi tres. Era cumpleaños de mi tío Germán, y el presidente Víctor Paz Estenssoro ingresaba a mi casa, y yo esperaba que suba las gradas al segundo piso, y mi madre me inducía a que le haga la V de la victoria, saludo del MNR. En otro recuerdo, me veo en el mismo rellano de la escalera, sentado en el suelo de madera, y viendo cómo por un agujero de mi bucito se salía mi pilín. En un tercero, estaba con mi abuela Concha en una función de circo, probablemente en la Cancha Zapata, cuando cayó una granizada justo en el momento en que actuaba el domador de leones, y con el peso del granizo la carpa cedió, la jaula se vino abajo y los leones quedaron libres. El público aterrado salía por donde podía, y afuera granizaba, y los granizos eran tan grandes que me herían en las orejas, hasta que nos refugiamos en una tienda pequeñita, una pulpería de entonces alumbrada por un pequeño foco.
Ah, mi viejo, cómo me dolía escuchar las recriminaciones de mi madre. Incluso mi abuela, que en general lo trataba bien, a solas se refería a él con el mote despectivo de Soldado. La vieja ponía apodos a todo el mundo: a una prima le decía la Melambas, a la otra la decía La Ch’upuda, a la otra, la Ñaqeta, a una tía La Follona; a la hermana de la tía, La Ajnata a, porque siempre repetía esa frase en quechua que quiere decir: Así es. A sus hijos les decía El Mocko, El Ojoroco y El Sordo. A mi madre nunca le puso apodo ni a su hijo Julio, el primogénito.
Era mujer gustosa y pagó caro sus gustos con un reumatismo irredento. Cierta vez le había dado dinero a mi padre para que se lo comprara dos cervezas negras, y mi padre se perdió hasta muy entrada la noche; regresó a casa mareado con las dos botellas en los bolsillos del traje; la abuela hizo unas rabietas de aquéllas. En otra ocasión, le encargó a mi hermano Enrique que al ir al colegio le comprara una damajuana de chicha de la Irica, una señora que se llamaba Irene Rocha, que tenía su chichería en la Plazuela Barba de Padilla, junto al actual Club Croata, donde funcionó una vez el diario El Mundo, si recuerdo bien. Mi hermano dejaba la damajuana, iba a clases, y al retornar a casa la recogía, lo cual era un motivo de vergüenza pues evitaba que lo vieran sus compañeros. Llegó a casa y depositó la damajuana con tanta fuerza en la mesa que la rompió. Viendo cómo se chorreaba la chicha, la abuela fue a la cocina, tomó una cazuela donde había hervido la leche, y también la echó al piso: Yo me quedo sin chicha, pero tú te quedas sin leche. Dura era la abuela. Dura pero muy respetada por la familia, y muy festejada por su gracia. Gastaba horas en su tocado, se lavaba en una jofaina, lo recuerdo bien, y se peinaba y ponía polvos y se pasaba las cejas y las pestañas con almendra quemada. Si le hacías algún favor, abría un cajón de su peinador, donde guardaba los polvos y otros cosméticos, y sacaba una empanada del Wistu Piku para invitarte. Eran incomibles, porque estaban pasadas del perfume de los cosméticos, pero había que comerlas delante de ella.

SIXTO: UN RECUERDO DULCE Y DOLOROSO

Decía que mi padre se vino a menos. Cierta vez, el tío Julio era segundo comandante de la Región Militar y mi madre se quejó a él contra mi padre, porque bebía mucho. Julio era muy severo y de inmediato lo destinó a la guarnición de Todos Santos, que era como un lugar de confinamiento en el Chapare. Allí se fue mi padre en el camión de don Tomás Ramírez, que ingresaba a la zona por la peligrosa zona de El Limbo, donde ocurrían innumerables accidentes. Él mismo se fue al precipicio pero milagrosamente salió ileso. Un primo mío, Edgar, débil mental por una caída de niño, era su ayudante el día del accidente. Contaba que salió el precipicio con el rostro ensangrentado, y que al verlo aparecer así entre la espesa niebla del lugar, los camioneros se persignaban y se pasaban de largo. Creían que era un aparecido.
El viejo creo que se resintió por ese destino, porque rara vez salía de la zona. Poco más tarde fue trasladado a la Quinta División acantonada en Roboré, cerca de la frontera con Brasil. Allí vivió cinco años y cierta vez dio examen de ascenso junto al teniente coronel Hugo Banzer Suárez, quien sería dos veces Presidente, una por golpe y otra por elecciones. Banzer era bastante menor que el viejo, pero el viejo se acordó de sus tiempos de cadete y le sacó dos piscinas de ventaja, entre otras habilidades que no había perdido con los años. Banzer era muy flaco y mi padre le puso el apodo de El Silpancho. Se quejaba de que el pequeño militar no lo quería y le llamaba la atención con cualquier pretexto.
Sixto se llevó a vivir con él a su nieto Genaro Vaca, hijo de Osman y de mi hermana Lenny, un niño rubio, muy guapo y parecido a su padre. Genaro es el único testigo de la vida que llevaba mi padre en Roboré. Alguna vez me contó que el viejo se había tendido en las rieles del tren y que quería acabar así su vida. No la debió pasar muy bien dividiendo su magro sueldo para enviarnos la mitad en remesa. Era tan poco que mi madre hacía milagros para que nos alcanzara todo el mes. No bien recibía la remesa, nos íbamos a comer, por única vez en el mes, a La Fuente del Gusto, un restaurante ubicado en el mismo barrio. Yo pedía invariablemente pollo dorado y me daba un atracón. No diría que mi madre cocinaba mal, pero esa virtual imposibilidad de salir me marcó para siempre, pues a diferencia de otros, no aprecio la comida casera y sí la de restaurante. Alguna vez he vivido a la carta, a diario, y en estos momentos me ocurre algo similar, porque como donde y cuando quiero. Vivo solo.
Cuando se jubiló mi padre, el tío Lalo le consiguió un trabajo en el Instituto Nacional de Colonización, donde era alto ejecutivo. El tío, no mi padre, que siempre fue subalterno. Un tiempo regentó un almacén del Programa Mundial de Alimentos, ubicado en la calle Honduras, en casa de don David Milán, prestigioso músico y guitarrista. A veces mi padre recibía grandes partidas de pescado seco y entonces olía a eso. Los vecinos maliciosos le decían El Viejo Bacalao. Pero había gente que lo quería, entre ellos Carlitos Arroyo, cantante y músico tarijeño, de una voz tan cálida que alguna vez le dijeron: Ese Javier Solís ha ganado una fortuna con tu voz. Carlitos Arroyo fue amigo de mi padre, y una vez, cuando yo publiqué mi primera novela, Allá Lejos, mi padre le había regalado un ejemplar. Cómo sería la vida de mi padre en esos círculos, que Carlitos no le creyó que yo fuera su hijo. Eso da una idea de cómo se había venido a menos.
Cuando retorné del exilio con sus cenizas a cuestas, vivía en San Pedro, en casa de mi amigo Penecas, que en realidad era el papá del médico Penecas, de apellido Pereira, y una mañana de domingo me buscó un viejito a quien no conocía. Me preguntó si era hijo del coronel Sixto Rocha y asentí. Me preguntó cómo me llevaba con él y le dije, sin dubitar: Lo quería mucho, era como si tuviera un complejo de Edipo al revés. Eso bastó para convencerlo porque me pidió permiso para pasar, extrajo de su bolsa una cinta en cassette y una vieja grabadora de teclas de piano, y me hizo escuchar la cosa más insólita de mi vida, la más inesperada: era la grabación de una fiesta que sus amigos le habían hecho en la víspera de su viaje a México, a verme en el exilio. Un viaje al muere, según diría Borges, de modo que era el último registro de la voz de mi padre, que incluso cantó algunos tangos y cuecas del tiempo de la guerra, con su voz aguardentosa y cascada, un tanto nasal, que le era característica. Me conmovió tanto escucharlo que quise invitarle un trago al viejito, pero éste venía preparado con todo, y extrajo una botella de un macerado de greifrú, como aquí le dicen a la grapefruit o toronja. Total, que a las nueve de la mañana estábamos borrachos y yo lloraba. El viejito me llevó a su casa, donde tenía unas damajuanas de chicha que cuidaba amorosamente, pues las tenía de día a oscuras y de noche al sereno. Era una chicha embotellada deliciosa y fuerte. Allí me encontré con otro espectáculo insólito: las paredes estaban empapeladas con fotografías en las cuales mi padre aparecía en las más diversas escenas sociales, incluso como padrino de una muchacha o bailando la cueca. O sea que tenía una vida paralela que mi madre jamás conoció ni hubiera aceptado, porque esos amigos de mi padre eran muy humildes. El viejito había sido suboficial de ejército. Qué tendría mi padre que sólo se metía con suboficiales, nunca con gente de su rango militar. Aunque los aniversarios de La Paz invariablemente me llevaba al festejo de los residentes, en el cual comíamos fricasé paceño, bebíamos cerveza y cantábamos el Himno a La Paz como doscientas veces. Los viejos residentes lo reconocían como conspicuo vecino del barrio de San Pedro, entre ellos un viejo muy guapo, de apellido Ballón, que había conocido a toda la familia Rocha y hacía señas de que era gente encumbrada, cosa que me llenaba de orgullo.
Sin embargo, heredé los prejuicios de mi madre y siempre tuve dificultades de relacionarme con los parientes de mi padre, no sé, siempre he procurado evitarlos y ese sentimiento es más fuerte que yo, tiene la intensidad de la conducta de mi madre.
Una de las víctimas del menosprecio que sentía mi madre por los Rocha era el tío Daniel, a quien mi padre trataba como hermano y tenía sus razones. Era un viejo moreno, corpulento, orejudo, pero de facciones muy regulares, un guapo del 900 que incluso alguna vez había sido matón en Tarija, no se de qué gobierno, creo que del de Bautista Saavedra. Allí le decían el Indio Rocha, pero era un indio muy guapo. Tenía una historia truculenta: un hermano de mi abuelo José Rocha, creo que Ricardo, había embarazado nada menos que a la hija del presidente José Luis Tejada Sorzano, y como era una familia importante, nadie quiso saber de matrimonios. La muchacha fue recluida en una hacienda del altiplano, allí dio a luz y la criatura fue entregada a unos indios que eran pongos adscritos a la propiedad. Mi abuelo José detectó el nacimiento de su sobrino y se dio modos para ir a conocerlo. Tendría tres años cuando lo conoció, y era un indiecito que vivía en una chujlla, un rancho pequeñísimo, junto a sus padres adoptivos. De allí lo rescató y se lo llevó a casa, y el tío heredó el oficio del abuelo, porque tuvo su herrería, era constructor múltiple, fabricaba canaletas y bajantes, en fin, era hombre de múltiples habilidades, seguramente la mano derecha del abuelo en la herrería de la calle Oruro esquina Murillo, de La Paz.